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Yo soy escéptico, no creo que haya nadie más, pienso que estamos aislados en este termitero humano, y más allá de esa carne oscura que palpita ahí arriba no hay nada, nadie nos vigila, no hay justicia ni dioses, esto no tiene remedio, sólo un montón de planetas danzando en el vacío cósmico como hojarasca en el viento, trazando órbitas porque sí, bolas de lava, ruedas de hielo, lunas y soles sin significado alguno, la locura del tiempo y la belleza. Y, un día, tarde o temprano, todos morimos. Y nuestros huesos se mezclarán unos con otros, hasta confundirse en una pasta común, cuando nos coma la tierra. Pero entonces qué sentido tiene sufrir tanto y hacer sufrir a los demás y no ser felices pudiendo serlo y todo eso. Tanta infelicidad, para qué. Son enigmas que no caben en la cabeza, de tan disparatados que son. Y uno se enfrenta a todo aquello sin entender y no se puede llegar a ninguna conclusión, lo que se dice a ninguna, es imposible, sólo mirar y mirar y quedarse allí a la intemperie completamente desnudo en la azotea aguardando una señal, esperando a ver si amanece y alguien viene a enderezarnos, mirando las estrellas mientras ellas están a lo suyo y no saben que las contemplas, toda la noche o lo que sea, y es todo misteriosísimo y como raro y un poco místico o así.

Técnicas de iluminación, Eloy Tizón
Los besos son importantes. Por culpa de un beso de buenas noches denegado por su madre cuando era niño, Proust teje toda una neurosis familiar en forma de novelón asmático, policromado, que en el fondo es todo él una indagación detectivesca alrededor de los besos furtivos o fantasmales, de los besos no dados o no recibidos o dados y recibidos a destiempo o a las personas equivocadas. Hay un trastrueque de cuerpos y soledades circulando por la novela de Proust, alguna de cuyas páginas a veces refracta la luz como un vaso facetado. Una novela policiaca sin crimen en la que todas las pruebas acusatorias se encuentran allá atrás, en el pasado. Lejos. Besos con sabor a magdalena mojada en té de lágrimas o besos con sabor a playa normanda o besos de bocas niñas, acatarradas, en un permanente carnaval de celos y de labios. En el paréntesis de un beso no pronunciado el mundo, de repente, deja de llover o se hace música y duele. Triste pero forzoso es admitir que los besos no recibidos han hecho más por la literatura que los besos recibidos.

Técnicas de iluminación, Eloy Tizón