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Hablamos de nuestros recuerdos, pero quizá deberíamos hablar de nuestros olvidos, aunque sea una hazaña más difícil, o lógicamente imposible.

Nada que temer, Julian Barnes
Si recuerdas tu pasado demasiado bien empiezas a culparle de tu presente. Mira lo que me hicieron, ésa es la causa de que yo sea así, no es culpa mía. Permíteme que te corrija: probablemente sí es culpa tuya.

Hablando del asunto, Julian Barnes

El amor conduce a la felicidad. Eso es lo que todo el mundo cree, ¿no? Es lo que yo también he creído todos estos años. Ya no lo creo.
Pareces sorprendido. Piénsalo. Examina tu propia vida. ¿El amor lleva a la felicidad? Anda ya.

Amor etcétera, Julian Barnes
Siempre sentiré el dolor y la herida de las cosas que tuve y que sigo queriendo y que nunca volveré a tener.

Amor, etcétera, Julian Barnes
Retrovisión: cómo nos gustaría tenerla, ¿eh? Pero vivimos nuestra vida sin esos espejitos tan útiles que agrandan el camino recién recorrido. Vamos disparados por la A61 hacia Toulouse, mirando hacia adelante, siempre hacia adelante. Quienes olvidan su historia están condenados a repetirla. El rétroviseur: esencial no sólo para la seguridad viaria sino para la supervivencia de la especie.

Amor, etcétera, Julian Barnes

Vivimos a ras de suelo, en lo llano, y sin embargo aspiramos a elevarnos. Terrestres, a veces ascendemos tan alto como los dioses. Algunos se elevan por medio del arte, otros con la religión; la mayoría, con el amor. Pero al elevarnos también podemos caer en picado. Hay pocos aterrizajes suaves. Podemos rebotar en el suelo con tal fuerza que se nos fractura una pierna y somos arrastrados hacía una vía férrea extranjera. Cada historia de amor es en potencia una historia de aflicción. Si no al principio, más tarde. Si no para uno, para el otro. A veces para ambos.
Entonces, ¿por qué aspiramos continuamente al amor? Porque el amor es el punto de encuentro entre la verdad y la magia. La verdad, como en la fotografía; la magia, como en los globos aerostáticos.

Niveles de vida, Julian Barnes
Apuestas dinero a un caballo que gana e inviertes tus ganancias en el caballo siguiente de la siguiente carrera, y así sucesivamente. Tus ganancias se acumulan. ¿También tus pérdidas? No en el hipódromo; allí, sólo pierdes tu apuesta original. Pero ¿en la vida? Aquí quizá rigen normas distintas. Apuestas por una relación y fracasa; inicias una nueva y también fracasa; y quizá lo que pierdes no sean dos simples adiciones menos, sino el múltiplo de lo que has apostado. Es la impresión que da, de todos modos. La vida no es sólo suma y resta. Es también la acumulación, la multiplicación de pérdidas, de fracasos.

El sentido de un final, Julian Barnes
Alguien dijo una vez que sus momentos predilectos de la historia eran cuando las cosas se estaban derrumbando, porque eso significaba que algo nuevo estaba naciendo. ¿Esto tiene validez si lo aplicamos a nuestra vida individual? ¿Morir cuando algo nuevo está naciendo, aunque lo nuevo sea nuestro propio yo? Porque la madurez decepciona, del mismo modo que tarde o temprano decepcionan todos los cambios políticos e históricos. Lo mismo que la vida. A veces pienso que el sentido de la vida es menoscabarnos para que nos reconciliemos con su pérdida final, demostrando, por mucho tiempo que tarde, que la vida no es tan buena como la pintan.

El sentido de un final, Julian Barnes
Nos hicimos amantes fácil y rápidamente; yo no daba crédito a mi suerte. Tampoco conseguía creer lo sencillo que era: ser amigos y compañeros de cama, reír y beber y fumar un poco de hierba juntos, ver un pedazo del mundo juntos y después separarnos sin recriminación ni culpa. Tal como viene se va, dijo, y lo dijo en serio.

El sentido de un final, Julian Barnes
Se me ocurre que aquí puede residir una de las diferencias entre la juventud y la vejez: cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás.

El sentido de un final, Julian Barnes