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La vida se hizo para vivirla, pero todos nos las hemos arreglado para acabar haciendo cualquier cosa menos eso. Finalmente, nuestro paso por el mundo se reduce a un simple proceso de quema sucesiva de los días. He dicho «simple», pero no tiene nada de simple. Sudamos como hijos de puta para acumular toda una serie de trastos materiales y emocionales que luego no nos sirven para nada, y que nos angustian todavía más. Para generar plusvalía que luego nos desvivimos por derrochar en el gigantesco circo del consumo en que se ha convertido nuestra sociedad.

¡Que te follen, Nostradamus!, Roger Wolfe

El peligro nos atrae porque nos hace sentirnos vivos. La tristeza, por otra parte, nos hace sentir con más intensidad. Cuando somos felices no sentimos, vivimos. Vivimos sin darnos cuenta. Que es de lo que debería tratarse. Pero eso no nos basta. Somos como yonquis de nuestra propia pena. Y, al final, a todos nos gustan las películas tristes. Si no jodemos nuestra vida no estamos contentos. De eso, en literatura, se podría hablar mucho. La vieja herencia romántica. Ese maldito yo, que decía Cioran (no sé si dándole en ese caso concreto el mismo significado, pero da igual; se lo doy ahora yo). Nos gusta sufrir, y nos gusta que nuestros héroes sufran. Rimbaud agonizando con una pierna amputada en una cama de hospital. Gérard de Nerval colgando de una verja en un apestoso callejón de París, con la chistera puesta y el cuervo que él mismo había amaestrado revoloteando a su alrededor. Edgar Allan Poe echando los hígados en una calle de Baltimore. Baudelaire, afásico y loco.
Sí, nos gusta sufrir. Finalmente, con la vida ocurre algo parecido a lo que según dijo Churchill ocurre con los gobernantes: acabamos teniendo lo que nos merecemos. Y cuando se nos acaba lo que tenemos, volvemos corriendo a por más.

¡Que te follen, Nostradamus!, Roger Wolfe
¿Para qué empeñarse en romperse los cuernos luchando con basura contemporánea, cuando tiene uno todavía tantos tesoros que explorar? No es que entre los supuestos clásicos no haya también basura. De hecho, buena parte de ellos son ilegibles. Pero quizá sea ésta una manera de recuperar un poco el interés por la lectura, y hasta las ganas de vivir: volver a ciertos autores clave que uno sabe que difícilmente le van a dar gato por liebre.

¡Que te follen, Nostradamus!, Roger Wolfe