Pregunta: ¿cuál es el método más seguro para no llegar a ser muy desgraciado?
Respuesta: no aspirar a ser muy feliz.
Tal fue la reflexión que se hizo Pablo mientras saltaba de una terraza a otra huyendo de los militares, reflexión que puede parecernos fuera de lugar, dadas las circunstancias, pero que atendiendo a las circunvoluciones del espíritu humano, donde no existe la línea recta, acabó resultando providencial: curiosamente, aquel pensamiento le devolvió la cordura y le salvó la vida; de no haberlo tenido, lo más probable es que se hubiese dejado atrapar por sus perseguidores o lanzado al vacío desde cualquier azotea. Porque aquella reflexión le llevó a otra, y esta otra a la siguiente. Al fin y al cabo, se dijo, la felicidad es para el ser humano como la casa para el borracho: aunque no la encuentre, sabe que existe... Pablo sabía qué era la felicidad, aunque la hubiese perdido: se trataba, pues, de tener paciencia, de no perder los nervios ni la cabeza, de esperar sin desesperar.

El anarquista que se llamaba como yo, Pablo Martín
Durante la primera parte de tu vida, no te das cuenta de tu felicidad hasta que la has perdido. Luego llega una edad, una segunda edad, en que sabes, en cuanto empiezas a vivir algo feliz, que acabarás perdiéndolo.

La posibilidad de una isla, Michel Houellebecq
Las chicas estaban monstruosas con sus vestidos de ceremonia, confeccionados sobre jaulas de alambre. En lo alto de la cabeza tenían sujetas libras de cabello. Borrachas, besándonos o medio derribadas en las sillas, su destino era la universidad, el marido, el cuidado de los hijos, la infelicidad atisbada confusamente. En otras palabras: su destino era la vida.

Las vírgenes suicidas, Jeffrey Eugenides
Los dos jóvenes se miraron a los ojos, aislados de cuanto les rodeaba. Él la observó con extrañeza y ella le devolvió una mirada ardiente. Pablo supo entonces que la vida es una tormenta gobernada por el azar, una tormenta en la que todos terminan por ahogarse, incluso los más astutos, aunque consigan mantenerse a flote durante más tiempo.

El anarquista que se llamaba como yo, Pablo Martín