«No me importa que llueva en verano. Hasta me gusta. Es mi lluvia favorita.»«¿Tu lluvia favorita?», dijo Thea. Recuerdo que frunció el ceño sopesando aquellas palabras, y luego exclamó: «Pues la mía es la lluvia antes de caer.» Rebecca se sonrió al oír aquello, pero yo dije (en plan pedante supongo): «Pero, cielo, antes de caer en realidad no es lluvia.» Y Thea me dijo: «¿Y entonces qué es?» Y yo le expliqué: «Pues es sólo humedad. Humedad en las nubes.» Thea bajó la vista y se concentró una vez más en escoger los guijarros de la playa; cogió dos y se puso a golpearlos uno contra otro. Parecía que el ruido y la sensación le gustaban. Yo seguí: «¿Entiendes entonces que no existe la lluvia antes de caer? Tiene que caer para que sea lluvia.» Era una tontería explicarle aquello a una niña pequeña; casi me arrepentía de haber empezado. Pero por lo visto Thea no tenía ningún problema en captar la idea; más bien al revés, porque al poco rato se quedó mirándome y meneó la cabeza con gesto de pena, como si discutir aquellas cosas con una idiota estuviera poniendo a prueba su paciencia. «Ya sé que no existe.», dijo. «Por eso es mi favorita. Porque no hace falta que algo sea verdad para hacerte feliz, ¿no?»

La lluvia antes de caer, Jonathan Coe
La juventud sin escolta de nubes, 
los muros, voluntad de tempestades, 
la lámpara, como abanico fuera o dentro, 
dicen con elocuencia aquello no ignorado, 
aquello que algún día débilmente 
ante la muerte misma se abandona.

Hueso aplastado por la piedra de sueños, 
¿qué hacer, desprovistos de salida, 
si no es sobre puente tendido por el rayo 
para unir dos mentiras, 
mentira de vivir o mentira de carne?

Sólo sabemos esculpir biografías 
en músicas hostiles; 
sólo sabemos contar afirmaciones 
o negaciones, cabellera de noche; 
sólo sabemos invocar como niños al frío 
por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo.

La realidad y el deseo, Luis Cernuda
No frecuento mucho el mundo exterior, la vida real, y paso la mayor parte del tiempo en mi propio universo interior, del que estoy cansado, precisamente, o del que me siento prisionero. Sólo sueño con huir de esta cárcel, pero no lo consigo, ¿y por qué? Porque tengo miedo de huir de ella y también, y es lo más desagradable de admitir, porque en el fondo me gusta.

Una novel rusa, Emmanuel Carrère
Lo cierto era que, a pesar de todo, estábamos avanzando hacia la idea de una federación mundial dominada por los Estados Unidos de América y con una lengua común: el inglés. Por supuesto que la perspectiva de ser gobernados por unos tarugos resultaba vagamente desagradable; pero, después de todo, tampoco sería la primera vez. A juzgar por los testimonios que dejaron acerca de sí, los romanos eran evidentemente una nación de imbéciles.

Lanzarote, Michel Houellebecq