Quizá lo más cerca que podamos estar de la muerte es escribiendo, en el sentido de que escribir es ausentarse de la vida, un abandono provisional del mundo y de nuestras nimias tribulaciones para intentar ver las cosas con mayor claridad. Escribiendo, uno da un paso atrás y al lado respecto de la vida para verla con mayor desapego, tanto de manera más distante como más próxima. Con una mirada más firme. Escribir te permite dar las cosas por zanjadas: las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos.

Apuntes sobre el suicidio, Simon Critchley
No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía.

Los años de peregrinación del chico sin color, Haruki Murakami

Los comunistas existimos en la medida en que, primero, no aceptamos esto, porque no nos da la gana decirle que sí a lo que hay. Lo puedo razonar, pero en el fondo hay una posición visceral. No asumo. Y a partir de ahí quiero un mundo distinto. Mas no tengo que buscar elucubraciones sobre el destino final de la humanidad, ya me contentaría con que se cumpliesen para los más de siete mil millones de habitantes del planeta los derechos humanos. Podríamos repasar los treinta artículos de la Declaración de los Derechos Humanos.
Ser comunista me obliga a luchar más que otros por los derechos humanos. Ser comunista implica para mí trabajar en pos de eso. No tengo por qué dibujar para los demás un paraíso especial mío, sino un paraíso comúnmente aceptado. El cumplimiento de nuestros derechos.

Contra la ceguera, Julio Anguita
-¿Qué haces aquí?
-He vuelto.
-¿En serio?
-Soy así de imbécil.

Vente a casa, Jordi Nopca